Pecadoras de la luna nueva

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Pecadoras de la luna nueva

ABC Varias mujeres judías reunidas en el Muro de las Lamentaciones para leer la Torá

POR LAURA L. CARO CORRESPONSAL I JERUSALÉN

Domingo , 16-05-10

«Malditas brujas, sois la vergüenza del pueblo judío». «Lesbianas». «Diablos». «El eterno os castigará sin daros hijos». Los ultraortodoxos gritan para eclipsar el rezo musical que unas mujeres entonan, casi en un susurro, frente al Muro de las Lamentaciones. «Malditas, el Mesías no viene por vuestra culpa». Al menor descuido de los soldados que las custodian, ellas saben que empezarán a lloverles sillas de plástico, bolsas de basura, gases lacrimógenos o pañales sucios, como tantas veces. Los bramidos de los hombres ensordecen. «Cristianas». «Herejes». «Vencimos a los romanos y al holocausto, pero vosotras sois mucho peores».

Son las siete de la mañana del día después de la luna nueva y amenaza guerra santa. Es el momento exacto en que, cada mes, las llamadas «Mujeres del Muro» tienen el permiso excepcional para cumplir con un ritual negado por los siglos y que las ha convertido en satánicas a los ojos de los radicales: orar en voz alta en el lugar más sagrado del Judaísmo. Para los haredim, los más puristas, y para su lectura fanática de la ley halájica, que imponen a pedradas si es necesario, oír el canto femenino es un pecado, semejante a la fornicación o el adultero. Por eso hay que callarlas, para que no profanen el Muro.

La rabina Kochmann

«En el país de los judíos no se puede vivir el judaísmo con libertad», sentencia con pesar Sandra Kochmann, rabina de la corriente conservadora. «Estamos ante un problema básico de ignorancia: se niegan al conocimiento de las fuentes religiosas, que eximen a la mujer de determinados preceptos, pero no les prohíben cumplirlos».

Por eso, la rabina, otras compañeras de su movimiento, reformistas y neo-conservadores -postulan la aproximación de la fe y la vida moderna, mayoritarios fuera de Israel- llevan 22 años reclamando su derecho. A cantar. Pero también a dirigir liturgias, a rezar con los hombres, a utilizar el manto, la kipá y las filacterias rituales o a leer la Torá cerca del Muro. Lo defienden en los tribunales, a fuerza de arrancar sentencias favorables de algunos jueces frente a una legislación israelí que, a semejanza de Irán o de la Inquisición, prevé penas de cárcel para las mujeres que ejerzan esas prácticas, reservadas al sexo masculino.

«¿Por qué nos tenemos que esconder?», se pregunta Peggy Cidor, una de las dirigentes del grupo. Sólo han conseguido hacer su ceremonial de la luna nueva, pero rodeadas de militares y a decenas de metros del Muro. Y han leído la Torá, pero en un parque arqueológico separado. Visten el chal religioso, bordado con flores chillonas y oculto bajo ropas para disimularlo. En enero, la presidenta del grupo, Anat Hoffman, fue interrogada y advertida de una acusación formal de felonía por vestirlo.

Los rigores del sabat

«Hacemos lo posible por que no digan que estamos provocando», reconoce la rabina Kochmann. Aún así, la presión intimidatoria ultraortodoxa es insoportable. En sabat, no permiten entrar al Muro a los discapacitados que usan sillas eléctricas. Pero su control va más allá, dictan normas en todos los ámbitos a cambio de sostener al Ejecutivo de Benjamin Netanyahu. El alcalde de Tel Aviv, Ron Huldai, sugiere una «rebelión» de la «mayoría civil silenciosa» como forma de «devolver a la democracia de Israel su derecho a decidir» por encima de este sector haredim.

Peggy Cidor explicó que estos hombres no tendrían por qué escuchar su rezo, pero que un rabino le dijo: «El Muro os oye y se ofende».

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