300 niños sepultos entre 2 fotos

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DRAMA / REGRESO A LA ESCUELA EN HAITÍ

300 niños sepultos entre 2 fotos

Un mes después del terremoto de Haití, el periodista reúne en la escalera intacta como una reliquia a unos 25 escolares. Tuvieron más suerte que sus 300 compañeros, cuyos cuerpos aún siguen entre los escombros de la escuela. El Real Madrid ayudará a la reconstrucción

JACOBO GARCÍA | PUERTO PRÍNCIPE (HAITÍ)

Hay que hacer esfuerzos por trepar entre los escombros y llegar hasta el patio del recreo sin pisar los huesos calcinados de los niños, desperdigados por el suelo entre libros de matemáticas y cuadernos cubiertos de una caligrafía tan tierna como ellos. El ambiente es espeso y el olor fuerte.

Por mucho que uno intenta jugar y bromear con los niños cuando estos rodean al periodista, ninguno sonríe. No lo hacen desde hace muchas semanas. No les sale. No tienen el cuerpo para bromas, y tampoco el alma. Menos aún cuando vuelven al colegio donde siguen sepultados 300 amiguitos suyos. Precisamente al mismo patio y a las mismas escaleras donde hace sólo dos meses reían como nunca. Al mismo lugar donde todos ellos cantaron, bailaron, intercambiaron flores y lanzaron globos con motivo de la inauguración del colegio, 30 días antes de la tragedia que lo ha convertido en un gigantesco cementerio sin sonrisas ni uniformes.

Pero parece que la llegada de un blanc ha sido suficiente para reunir a decenas de familias en torno a las ruinas porque corre el rumor de que la escuela de San Gerardo volverá a levantarse. Y los chicos, que duermen a la intemperie, caminan ahora entre los cascotes con una disciplina sorprendente. Con un silencio y una pena que sobrecogen. También el más pequeño, Leonard, que se olvida de su cojera para no separarse del grupo.

Cuando hablan y señalan la clase donde estaban el día del terremoto casi todos ahuecan la mano y se la llevan a la cara para cubrirse la nariz. El olor que sale de entre las piedras es ácido, agrio, fuerte... produce arcadas. Es el olor de Anquetie, de Marie, de Leonard... todos ellos con menos de 15 años. Aún no los han podido sacar de los escombros para darles un entierro digno.

La escuela Saint Gerard, como pronuncian los niños, parece un símbolo de lo que fue Puerto Príncipe y lo que es ahora. Como gran parte de la ciudad fue construida con fondos de la cooperación y la ayuda de los padres redentoristas, pero la escuela se vino abajo el 12 de enero justo cuando desbordaba niños y profesores durante el turno de la tarde. Un colegio para 1.200 alumnos -600 por la mañana y 600 por la tarde-, que era la única posibilidad de salir de la pobreza para más de mil familias de bajos recursos en un país de por sí miserable.

Pierre Rossenat, de 15 años, viste aún su uniforme rosa. Se divirtió como nunca en la fiesta de apertura el 13 de diciembre. «Aquel día comimos comidas muy ricas y hubo música, bailes y globos», explica sentado en un destartalado pupitre que apareció tirado en el centro del patio. Desde hace más de un mes duerme en la calle, al igual que más de un millón de personas en Puerto Príncipe.

A pesar de que la capital del país se ha convertido en un enorme barrizal donde pastan las moscas y se acumulan montañas de basura y heces, Pierre llegó para hacerse la foto impecablemente vestido. Una proeza en esta ciudad en la que comer y beber es una suerte, y el aseo diario un milagro que se da cada mañana junto a las alcantarillas.

SEPELIO DE FUEGO

También llega con una herida sin curar en el pie izquierdo producida cuando una pared se le vino encima intentando escapar. Los hospitales no estaban para cosas como ésta y se le fue acumulando agua en su interior hasta que se infectó. Pierre pasó seis horas bajo las piedras pero apenas le da importancia. «Lo que más me duele es que no saquen a Anquetie y Maiss que están ahí debajo», dice al periodista antes de hacerle la pregunta más repetida por todos. «¿Volverán a reconstruir la escuela verdad? ¿Y para cuándo?».

El que era el tercer piso de la escuela está ahora a la altura de los pies y el patio de juegos es una mole de escombros tiznada de negro. Las pocas excavadoras que hay en el país tardarán mucho en llegar. «Remover todos los escombros llevará al menos tres años», aventuró el presidente de Haití, René Preval, así que los propios familiares prefirieron prenderle fuego a los escombros para evitar enfermedades y ofrecer algo parecido a un sepelio. Ahora, en el patio, se mezclan la cara triste de los alumnos con los libros escolares y los huesos tirados por el suelo.

A las 16:53 del 12 de enero, la tierra se convirtió en una gigantesca culebra que empezó a ondular bajo los pies. Durante los primeros segundos se agrietaron las paredes, las carreteras se abrieron como rajadas por un cuchillo y se vinieron abajo la mitad de los colegios, las universidades, casi todos los hospitales, decenas de supermercados y 250.000 viviendas. 20 segundos después Puerto Príncipe pasó de ondular a moverse frenéticamente de arriba abajo. Los pilares terminaron de caerse y se derrumbó el Palacio Presidencial, la catedral, el Parlamento, cinco ministerios y el cuartel general de la ONU. En la capital no quedó nada con más de tres alturas.

Lo que a esa hora de la tarde era el bullicio alegre y risueño de la escuela San Gerardo se convirtió en un puñado de segundos en una gran nube de polvo y gritos del que sólo surgían niños ensangrentados o mutilados por los hierros.

A pesar de que tiene sólo nueve años, Joana Carr tiene el rostro y el aplomo de un adulto para estirar el brazo y señalar el amasijo de cemento y hierros donde continúa su hermano 40 días después. Señala lo que eran los techos de tres pisos diferentes pero que ahora se tocan a la altura del suelo. De sus ojos no salen lágrimas, pero sí habla con pausas muy largas para contar lo que pasó: «Estábamos en clase de gramática... y el profesor estaba explicando la lección cuando todo empezó a moverse... Entonces yo salí corriendo y un compañero me ayudó a salir por la ventana... El profesor no pudo salir... Tampoco mi hermano que estaba en una de las aulas del piso de abajo, sentado en una de las filas de atrás... Y ahí sigue», explica. Cuenta también que le cuesta dormir y que a veces sale corriendo del campamento en el que duerme pensando que todo se le «viene encima». Ella también pasó muchas horas bajo los escombros antes de ver la luz.

«Es lo más doloroso que he vivido en mi vida. No es suficiente llorar porque éste es un dolor que te rompe por dentro. El país ha sufrido un retroceso brutal no sólo económico, sino también humano. Se ha muerto una generación entera de seminaristas, universitarios, profesores... Por eso es fundamental la escolarización urgente de estos muchachos», explica sobre las piedras el padre José Miguel de Haro responsable de la Fundación Acoger y Compartir.

El religioso levantó este colegio, ejerció de maestro de ceremonias aquel día de fiesta y ha vuelto a sacar fuerza de flaqueza para convencer al Real Madrid de que aporte los fondos necesarios para la reconstrucción de la escuela. Y es que si la situación ahora es dramática, Haití partía ya de un panorama desolador en cuanto a lo que a educación se refiere antes del terremoto: 30.000 críos dormían en la calle y el 50% de los niños estaban sin escolarizar. Aunque la educación pública está garantizada en la constitución, sólo el 10% de los menores acude a una escuela pública, de ahí la importancia de empezar cuanto antes.

¡VENDRÁN ZIDANE O RAÚL!

Por boca del presidente del Real Madrid, Florentino Pérez salieron las palabras «solidaridad, apoyo, reconstrucción y futuro» al hablar de un proyecto en el que han puesto todas sus esperanzas casi 1.000 familias. Ellos nunca podrían pagar una educación como la que recibían en este colegio antes del terremoto. «Es un desafío inmenso, pero no imposible. Tenemos que cambiar el sufrimiento por la serenidad. Y allí estaremos nosotros», subrayó el presidente madridista.

La junta directiva del equipo blanco se comprometió con este proyecto en cuanto el padre José Miguel se lo presentó. «Buscábamos un proyecto muy concreto, con rostro, algo determinante», explican desde la Fundación del club. Y levantar de nuevo la escuela de Pierre y Joana, dos de los poco más de una veintena de niños que sobrevivieron a la catástrofe, responde con creces a esa descripción. «La recuperación de los niños de San Gerardo tiene que convertirse en uno de los símbolos del renacimiento de este país». Las palabras del presidente madridista han sonado en el patio de esta escuela como un grito de guerra.

Para llevar a cabo este sueño, la Fundación ha abierto una cuenta bancaria, cuyas donaciones se destinarán directamente a San Gerardo. Las caras tristes parecen animarse cuando el periodista les informa de que el Real Madrid reconstruirá la escuela. Al fondo, el más pequeño, el que cojea, añade que escuchó que Zidane o Raúl vendrán a la inauguración. Entonces los ojitos de los aquellos niños subidos en lo que queda de la escalera de su colegio parecen volver a brillar y en muchos de ellos asoma algo parecido a una sonrisa. La primera en los 40 días que siguen a su temprana tragedia.

Con información de Idoia Sota

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